miércoles, 29 de mayo de 2013

Ladrón de bicicletas

Ocurrió en otro pueblo muy parecido al nuestro. Una señora que caminaba por la vereda de la calle principal advirtió que una bicicleta atada a un poste de luz era sospechosamente parecida a la que le habían hurtado tiempo atrás. La dama llegó a una conclusión apresurada: “es la mía”, y seguramente pensó: “el que me la robó debe estar cerca”. Sin dudarlo, ya que el tiempo corría y el ladrón de bicicletas no aparecía en la escena, decidió llamar a la policía para recuperar el rodado. Paralelamente y cerca de allí, el despreocupado ciclista realizaba sus tareas habituales, totalmente ajeno al drama que se le avecinaba. Sucedió entonces un episodio inesperado: el sospechoso de apropiarse del vehículo de dos ruedas era amigo de la familia. Como pudo más el peso de la sospecha, con ironía o desconfianza legítima (no lo sabemos), la señora indagó sobre el origen de la bicicleta mediante preguntas inquisitoriales del siguiente tenor: ¿Dónde la compraste? ¿Cuándo? Finalmente todo se aclaró y el mundo siguió girando totalmente indiferente a estas cuestiones domésticas.
Ahora bien… esto no sería más que una anécdota intrascendente si no revelara la ideología perversa que impregna el modo en que nos relacionamos con los demás. Pensemos… ¿qué habría sucedido si el “ladrón” hubiera sido un desconocido para la acusadora?, o más grave aún, si el presunto bandido encajaba dentro del estereotipo de “delincuente”. Digámoslo más crudamente: ¿quién le creería al acusado si fuese pobre, con “arito”, pelo largo o capucha?
Recordemos que los jerarcas nazis, autores de la masacre más cruenta de la historia humana, estaban prolijamente afeitados, usaban el cabello corto y sus uniformes lucían puntillosamente arreglados. Para no ser menos en la Argentina contamos con ejemplos, citemos al ex capitán de fragata Alfredo Astiz conocido como “el ángel rubio”, especialista en el secuestro, tortura y muerte de seres temibles y peligrosos como las monjas francesas, entre otras víctimas. Todo un “ejemplo” para nuestras madres, muy rubio él, con cara de “bueno”, de “buena familia”.
Nuestra primitiva sociedad se basa en prejuicios nunca reflexionados, pero sí aplicados irresponsablemente con todo rigor. ¿Por qué creerle al acusador y no al acusado? ¿Por qué el que señala con el dedo, el que denuncia, siempre queda protegido, oculto a la mirada, convertido en mero instrumento de una supuesta justicia. Nadie se pregunta: ¿Por qué alguien denuncia a otro? ¿Qué fines persigue? ¿Qué intereses, odios, resentimientos, lo mueven? ¿Será el sádico placer de ver sufrir al más pobre, al más desprotegido, al más oprimido y marginado?
Por otro lado, ¿dé donde obtienen los “criminólogos” vocacionales tantas certezas? Descubrir algo que podríamos denominar con reservas como “la verdad” es una operación intelectual muy compleja. Implica reconstruir una realidad a partir de fragmentos dispersos e insuficientes, armar un rompecabezas fallado, navegar por el océano de las dudas lejos de los puertos de la certidumbre.
Vivimos en una sociedad racista e irresponsable que ama a la policía porque materializa sus odios hacia el “otro”, el distinto. No nos confundamos, el deseo de “justicia” no es el móvil. No hay un interés genuino por la verdad y la igualdad, sino por el castigo y la espectacularidad. Nos consideramos civilizados pero no estamos muy lejos de la horda embravecida que linchaba al “reo” en la plaza. Cercanos de aquellas ejecuciones públicas donde la gente bailaba, cantaba, tomaba hasta reventar y vitoreaba los indescriptibles dolores del condenado.
¡Que vaya preso por las dudas! ¿Total que le puede pasar?... que lo violen, lo torturen y estigmaticen por el resto de su vida. ¿Quién se hace cargo? ¿Quién reflexiona y piensa: “nos equivocamos, tengamos prudencia y mesura?” Mañana estaremos linchando a otro, que será pobre, inmigrante o habrá cometido algún “pecado” similar. Nos regimos por una suerte de sistema penal “Doña Rosa”, en donde se es culpable hasta demostrar lo contrario, y para hacerlo debemos realizar grandes esfuerzos, mientras que al acusador no se demanda prueba alguna.
Finalmente querido lector, no se angustie, esto en nuestra ciudad no sucede… podremos seguir pedaleando tranquilos entre las hojas del otoño sin temor a la gayola.

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