Ocurrió en otro pueblo muy
parecido al nuestro. Una señora que caminaba por la vereda de la calle
principal advirtió que una bicicleta atada a un poste de luz era sospechosamente
parecida a la que le habían hurtado tiempo atrás. La dama llegó a una
conclusión apresurada: “es la mía”, y seguramente pensó: “el que me la robó
debe estar cerca”. Sin dudarlo, ya que el tiempo corría y el ladrón de
bicicletas no aparecía en la escena, decidió llamar a la policía para recuperar
el rodado. Paralelamente y cerca de allí, el despreocupado ciclista realizaba sus
tareas habituales, totalmente ajeno al drama que se le avecinaba. Sucedió
entonces un episodio inesperado: el sospechoso de apropiarse del vehículo de
dos ruedas era amigo de la familia. Como pudo más el peso de la sospecha, con
ironía o desconfianza legítima (no lo sabemos), la señora indagó sobre el
origen de la bicicleta mediante preguntas inquisitoriales del siguiente tenor: ¿Dónde
la compraste? ¿Cuándo? Finalmente todo se aclaró y el mundo siguió girando
totalmente indiferente a estas cuestiones domésticas.
Ahora bien… esto no sería
más que una anécdota intrascendente si no revelara la ideología perversa que
impregna el modo en que nos relacionamos con los demás. Pensemos… ¿qué habría sucedido
si el “ladrón” hubiera sido un desconocido para la acusadora?, o más grave aún,
si el presunto bandido encajaba dentro del estereotipo de “delincuente”. Digámoslo
más crudamente: ¿quién le creería al acusado si fuese pobre, con “arito”, pelo
largo o capucha?
Recordemos que los jerarcas
nazis, autores de la masacre más cruenta de la historia humana, estaban prolijamente
afeitados, usaban el cabello corto y sus uniformes lucían puntillosamente
arreglados. Para no ser menos en la Argentina contamos con ejemplos, citemos al ex
capitán de fragata Alfredo Astiz conocido como “el ángel rubio”, especialista
en el secuestro, tortura y muerte de seres temibles y peligrosos como las
monjas francesas, entre otras víctimas. Todo un “ejemplo” para nuestras madres,
muy rubio él, con cara de “bueno”, de “buena familia”.
Nuestra primitiva sociedad
se basa en prejuicios nunca reflexionados, pero sí aplicados irresponsablemente
con todo rigor. ¿Por qué creerle al acusador y no al acusado? ¿Por qué el que
señala con el dedo, el que denuncia, siempre queda protegido, oculto a la mirada,
convertido en mero instrumento de una supuesta justicia. Nadie se pregunta:
¿Por qué alguien denuncia a otro? ¿Qué fines persigue? ¿Qué intereses, odios,
resentimientos, lo mueven? ¿Será el sádico placer de ver sufrir al más pobre,
al más desprotegido, al más oprimido y marginado?
Por otro lado, ¿dé donde obtienen
los “criminólogos” vocacionales tantas certezas? Descubrir algo que podríamos
denominar con reservas como “la verdad” es una operación intelectual muy
compleja. Implica reconstruir una realidad a partir de fragmentos dispersos e
insuficientes, armar un rompecabezas fallado, navegar por el océano de las dudas
lejos de los puertos de la certidumbre.
Vivimos en una sociedad racista
e irresponsable que ama a la policía porque materializa sus odios hacia el
“otro”, el distinto. No nos confundamos, el deseo de “justicia” no es el móvil.
No hay un interés genuino por la verdad y la igualdad, sino por el castigo y la
espectacularidad. Nos consideramos civilizados pero no estamos muy lejos de la
horda embravecida que linchaba al “reo” en la plaza. Cercanos de aquellas ejecuciones
públicas donde la gente bailaba, cantaba, tomaba hasta reventar y vitoreaba los
indescriptibles dolores del condenado.
¡Que vaya preso por las
dudas! ¿Total que le puede pasar?... que lo violen, lo torturen y estigmaticen
por el resto de su vida. ¿Quién se hace cargo? ¿Quién reflexiona y piensa: “nos
equivocamos, tengamos prudencia y mesura?” Mañana estaremos linchando a otro, que
será pobre, inmigrante o habrá cometido algún “pecado” similar. Nos regimos por
una suerte de sistema penal “Doña Rosa”, en donde se es culpable hasta demostrar
lo contrario, y para hacerlo debemos realizar grandes esfuerzos, mientras que
al acusador no se demanda prueba alguna.
Finalmente querido lector, no se angustie, esto
en nuestra ciudad no sucede… podremos seguir pedaleando tranquilos entre las
hojas del otoño sin temor a la gayola.
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