Siempre hemos creído (o así nos lo han inculcado) que la filosofía es algo para fulanos de ceño fruncido, mirada profunda y escasa vida social. Individuos que viven escribiendo y pensando sobre cosas abstractas y alejadas del mundo en gabinetes atiborrados de gruesos volúmenes, tal vez un poco húmedos y mal iluminados ¿Le podemos dar cierto crédito a la representación estereotipada de los filósofos y la filosofía? Después de todo René Descartes con su Pienso, luego existo”, ¿qué relación guarda con un “moderno” hombre del siglo XXI que usa celular e Internet?
Pues bien, intentaremos demostrar que la filosofía está
estrechamente vinculada a nuestra vida cotidiana recurriendo a un singular
personaje de la ficción: “El Babosa”. A lo mejor no tan ficcional porque en
cualquier escuela encontramos a las “víctimas” que padecen uno de los tantos
tormentos escolares: las ingeniosas y efectivas cargadas estudiantiles. Pero lo
que distingue por la singularidad al Babosa es su firme decisión de enfrentarse
con el “negro Almada”, el más grandote de la clase, el más temido, el
indiscutible poseedor de la piña más portentosa. Un combate a todas luces
desigual entre un púgil y un aspirante a recibir el cien por cien de los
tortazos. Sin embargo, el que salió victorioso fue el Babosa porque venció al
más temible enemigo: “el miedo a la libertad” (si se nos permite usar la frase
de Erich Fromm). Y partir de allí avanzó por otro camino, un sendero más propio
y auténtico, el que él eligió porque, como nos recuerda el personaje… “la
dignidá como la libertá tienen un precio y a vece ese precio es torearlo al
negro Almada aún sabiendo que le puede dar una paliza”.
Bien! nos dirá el lector con un gesto de impaciencia ¿Y
Descartes cómo encaja en este rompecabezas? El filósofo francés tuvo que luchar
—al igual que el Babosa—contra el “grandote” del momento: el dogma y la “verdad
revelada” de la
Iglesia Católica. Por entonces los librepensadores no tenían
buena reputación, las ideas debían ajustarse
a la ortodoxia de los escritos de Platón, Aristóteles o las escrituras. Como
nos advierte el filósofo Feinmann en su espacio de Canal Encuentro, Descartes
se animó a “apagar el televisor de la escolástica medieval” y pensar por su
cuenta y riesgo. Enfaticemos lo de “riesgo”, ya que a las hogueras
inquisitoriales no les faltaba combustible por aquellos siglos.
Hasta nosotros ha llegado la mencionada frase “Pienso, luego
existo”, que si bien es la síntesis de un sesudo proceso de pensamiento, se ha
vaciado de su fuerza original, convirtiéndose en un slogan muy útil a la hora
de presumir de conocimientos filosóficos ante señoritas de buen ver. Descartes
buscaba hallar un método (etimológicamente camino)
que le permitiera arribar a una verdad firme. Paradójicamente la duda exagerada,
hiperbólica, radical, fue la vía elegida para encontrar certezas. Comenzó dudando
de los sentidos, ya que éstos a menudo nos engañan con sus ilusiones. Creemos
ver agua sobre la ruta, pero es sólo un efecto óptico causado por el aire
caliente que asciende. Tampoco podemos confiar demasiado en nuestras
experiencias conscientes, puede que todo sea un sueño y que la carilinda niña
del barrio esté del brazo de otro. Hasta las “verdades” matemáticas mas
indubitables (como que dos y dos son cuatro) se desvanecen si un “genio
maligno” pretende engañarnos inescrupulosamente. La duda cartesiana arrasó con
todas las certezas hasta que finamente encontró un terreno firme: el propio
pensamiento. De ahí el origen de la célebre frase, según la cual el pensamiento
mismo es prueba irrefutable de la existencia. Pensamiento y existencia tienen
la misma identidad: “pienso = existo”. El “luego” en este caso no indica sucesión,
es decir, algo que pasa “después de”, sino consecuencia. En otras palabras,
Descartes encontró a partir de su método una verdad no susceptible de cuestionamiento:
la existencia de su propio yo.
No obstante, este razonamiento presentaba una dificultad de
compleja resolución. Había probado la existencia del yo, pero ¿cómo aseguraba
la existencia del mundo? Tuvo que recurrir a Dios que, en su “infinita bondad”,
no podría engañarlo. Aquí se presenta una aparente paradoja: surge nuevamente
Dios como último garante de la verdad. Sin embargo, ya no es el Dios (con
mayúscula) de la Iglesia ,
sino que ahora “dios” es una representación subjetiva. El sujeto es, en
definitiva, el árbitro que juzga la verdad o falsedad de una idea. Precisamente
en este punto está la chispa revolucionaria del pensamiento cartesiano. Ya no
se requiere buscar afuera (léase autoridades
tradicionales) para encontrar la “verdad”, sólo basta con el propio
pensamiento. Descartes quebró la lógica del pensamiento medieval (o pretendió
hacerlo, lamentablemente persiste) dándole lugar al racionalismo moderno, que
más tarde sería uno de los pilares de la ciencia tal como la entendemos hoy.
Si bien las reflexiones cartesianas no dejan de asombrarnos
por su ingenio, no hace falta, creemos, encadenar tantas proposiciones para
probar la existencia del yo. Alcanza con un hecho más sencillo que el lector
puede experimentar en su hogar si tiene el espíritu del “hágalo usted mismo”.
Cuando la impericia de la mano desvía la trayectoria del martillo y este cae
pesadamente sobre el dedo obtenemos una prueba irrebatible de la existencia. Al
tiempo que pronunciamos los improperios de rigor que ayudan a alivianar el
suplicio, nos enteramos que la existencia es dolorosamente real.
La genialidad de Descartes reside a nuestro juicio no en el
“producto” final de su razonamiento, sino en el camino que utilizó: la duda. Se
animó a pensar y derribar los dogmas de su época. Tuvo el mismo valor que “El
Babosa” cuando desafió al más duro de la clase. Y sí, hay que tener mucho
valor! Porque se trata de colocar sobre un yunque a nuestras “queridas
certezas” aprendidas desde la infancia, y darle con la maza de cinco kilos de
la razón. Esto genera, en principio, angustia, malestar, incertidumbre porque
se pierde la “ilusión del control sobre el mundo”, como nos aclara el psicólogo
español Juan Ignacio Pozo. Una sensación que no siempre estamos dispuestos a
vivenciar porque se lleva a las patadas con nuestras pobres “seguridades”. Nos
pasa algo similar (abusando de las analogías) cuando nos sentamos sobre las
sillas de plástico que suelen usarse en los jardines. No sabemos cuando cederán
ante nuestro peso. Sobre ellas nuestra corriente de pensamiento se divide en
dos: seguir el hilo temático de la charla y acordarnos que en cualquier momento
estaremos más cerca de nuestro planeta, desparramados en el suelo despotricando
contra la progenitora del fabricante de tal espantoso artefacto. Al igual que
las frágiles sillas las dudas nos producen vértigo, pero al fin de cuentas ¿por
qué pretendemos seguridades si nuestra existencia es finita? ¿por qué no tomar
las riendas de nuestros pensamientos? Es mejor animarnos a caminar solos, dejar
atrás las muletas, los bastones, los apoyos y los pasamanos que la escuela,
familia, tradición, etc. construyeron pacientemente en nuestras cabezas. Tal
vez a pesar de los porrazos, inevitables cuando se aprende a caminar,
experimentemos algo similar al Babosa que “a pesar de que estaba todo moreteado
se reía, estaba feliz.”