miércoles, 29 de mayo de 2013

Descartes y “El Babosa”

Siempre hemos creído (o así nos lo han inculcado) que la filosofía es algo para fulanos de ceño fruncido, mirada profunda y escasa vida social. Individuos que viven escribiendo y pensando sobre cosas abstractas y alejadas del mundo en gabinetes atiborrados de gruesos volúmenes, tal vez un poco húmedos y mal iluminados ¿Le podemos dar cierto crédito a la representación estereotipada de los filósofos y la filosofía? Después de todo René Descartes con su Pienso, luego existo”, ¿qué relación guarda con un “moderno” hombre del siglo XXI que usa celular e Internet?
Pues bien, intentaremos demostrar que la filosofía está estrechamente vinculada a nuestra vida cotidiana recurriendo a un singular personaje de la ficción: “El Babosa”. A lo mejor no tan ficcional porque en cualquier escuela encontramos a las “víctimas” que padecen uno de los tantos tormentos escolares: las ingeniosas y efectivas cargadas estudiantiles. Pero lo que distingue por la singularidad al Babosa es su firme decisión de enfrentarse con el “negro Almada”, el más grandote de la clase, el más temido, el indiscutible poseedor de la piña más portentosa. Un combate a todas luces desigual entre un púgil y un aspirante a recibir el cien por cien de los tortazos. Sin embargo, el que salió victorioso fue el Babosa porque venció al más temible enemigo: “el miedo a la libertad” (si se nos permite usar la frase de Erich Fromm). Y partir de allí avanzó por otro camino, un sendero más propio y auténtico, el que él eligió porque, como nos recuerda el personaje… “la dignidá como la libertá tienen un precio y a vece ese precio es torearlo al negro Almada aún sabiendo que le puede dar una paliza”.
Bien! nos dirá el lector con un gesto de impaciencia ¿Y Descartes cómo encaja en este rompecabezas? El filósofo francés tuvo que luchar —al igual que el Babosa—contra el “grandote” del momento: el dogma y la “verdad revelada” de la Iglesia Católica. Por entonces los librepensadores no tenían buena reputación, las ideas debían  ajustarse a la ortodoxia de los escritos de Platón, Aristóteles o las escrituras. Como nos advierte el filósofo Feinmann en su espacio de Canal Encuentro, Descartes se animó a “apagar el televisor de la escolástica medieval” y pensar por su cuenta y riesgo. Enfaticemos lo de “riesgo”, ya que a las hogueras inquisitoriales no les faltaba combustible por aquellos siglos.
Hasta nosotros ha llegado la mencionada frase “Pienso, luego existo”, que si bien es la síntesis de un sesudo proceso de pensamiento, se ha vaciado de su fuerza original, convirtiéndose en un slogan muy útil a la hora de presumir de conocimientos filosóficos ante señoritas de buen ver. Descartes buscaba hallar un método (etimológicamente camino) que le permitiera arribar a una verdad firme. Paradójicamente la duda exagerada, hiperbólica, radical, fue la vía elegida para encontrar certezas. Comenzó dudando de los sentidos, ya que éstos a menudo nos engañan con sus ilusiones. Creemos ver agua sobre la ruta, pero es sólo un efecto óptico causado por el aire caliente que asciende. Tampoco podemos confiar demasiado en nuestras experiencias conscientes, puede que todo sea un sueño y que la carilinda niña del barrio esté del brazo de otro. Hasta las “verdades” matemáticas mas indubitables (como que dos y dos son cuatro) se desvanecen si un “genio maligno” pretende engañarnos inescrupulosamente. La duda cartesiana arrasó con todas las certezas hasta que finamente encontró un terreno firme: el propio pensamiento. De ahí el origen de la célebre frase, según la cual el pensamiento mismo es prueba irrefutable de la existencia. Pensamiento y existencia tienen la misma identidad: “pienso = existo”. El “luego” en este caso no indica sucesión, es decir, algo que pasa “después de”, sino consecuencia. En otras palabras, Descartes encontró a partir de su método una verdad no susceptible de cuestionamiento: la existencia de su propio yo.
No obstante, este razonamiento presentaba una dificultad de compleja resolución. Había probado la existencia del yo, pero ¿cómo aseguraba la existencia del mundo? Tuvo que recurrir a Dios que, en su “infinita bondad”, no podría engañarlo. Aquí se presenta una aparente paradoja: surge nuevamente Dios como último garante de la verdad. Sin embargo, ya no es el Dios (con mayúscula) de la Iglesia, sino que ahora “dios” es una representación subjetiva. El sujeto es, en definitiva, el árbitro que juzga la verdad o falsedad de una idea. Precisamente en este punto está la chispa revolucionaria del pensamiento cartesiano. Ya no se requiere buscar afuera (léase autoridades tradicionales) para encontrar la “verdad”, sólo basta con el propio pensamiento. Descartes quebró la lógica del pensamiento medieval (o pretendió hacerlo, lamentablemente persiste) dándole lugar al racionalismo moderno, que más tarde sería uno de los pilares de la ciencia tal como la entendemos hoy.
Si bien las reflexiones cartesianas no dejan de asombrarnos por su ingenio, no hace falta, creemos, encadenar tantas proposiciones para probar la existencia del yo. Alcanza con un hecho más sencillo que el lector puede experimentar en su hogar si tiene el espíritu del “hágalo usted mismo”. Cuando la impericia de la mano desvía la trayectoria del martillo y este cae pesadamente sobre el dedo obtenemos una prueba irrebatible de la existencia. Al tiempo que pronunciamos los improperios de rigor que ayudan a alivianar el suplicio, nos enteramos que la existencia es dolorosamente real.

La genialidad de Descartes reside a nuestro juicio no en el “producto” final de su razonamiento, sino en el camino que utilizó: la duda. Se animó a pensar y derribar los dogmas de su época. Tuvo el mismo valor que “El Babosa” cuando desafió al más duro de la clase. Y sí, hay que tener mucho valor! Porque se trata de colocar sobre un yunque a nuestras “queridas certezas” aprendidas desde la infancia, y darle con la maza de cinco kilos de la razón. Esto genera, en principio, angustia, malestar, incertidumbre porque se pierde la “ilusión del control sobre el mundo”, como nos aclara el psicólogo español Juan Ignacio Pozo. Una sensación que no siempre estamos dispuestos a vivenciar porque se lleva a las patadas con nuestras pobres “seguridades”. Nos pasa algo similar (abusando de las analogías) cuando nos sentamos sobre las sillas de plástico que suelen usarse en los jardines. No sabemos cuando cederán ante nuestro peso. Sobre ellas nuestra corriente de pensamiento se divide en dos: seguir el hilo temático de la charla y acordarnos que en cualquier momento estaremos más cerca de nuestro planeta, desparramados en el suelo despotricando contra la progenitora del fabricante de tal espantoso artefacto. Al igual que las frágiles sillas las dudas nos producen vértigo, pero al fin de cuentas ¿por qué pretendemos seguridades si nuestra existencia es finita? ¿por qué no tomar las riendas de nuestros pensamientos? Es mejor animarnos a caminar solos, dejar atrás las muletas, los bastones, los apoyos y los pasamanos que la escuela, familia, tradición, etc. construyeron pacientemente en nuestras cabezas. Tal vez a pesar de los porrazos, inevitables cuando se aprende a caminar, experimentemos algo similar al Babosa que “a pesar de que estaba todo moreteado se reía, estaba feliz.” 

Ladrón de bicicletas

Ocurrió en otro pueblo muy parecido al nuestro. Una señora que caminaba por la vereda de la calle principal advirtió que una bicicleta atada a un poste de luz era sospechosamente parecida a la que le habían hurtado tiempo atrás. La dama llegó a una conclusión apresurada: “es la mía”, y seguramente pensó: “el que me la robó debe estar cerca”. Sin dudarlo, ya que el tiempo corría y el ladrón de bicicletas no aparecía en la escena, decidió llamar a la policía para recuperar el rodado. Paralelamente y cerca de allí, el despreocupado ciclista realizaba sus tareas habituales, totalmente ajeno al drama que se le avecinaba. Sucedió entonces un episodio inesperado: el sospechoso de apropiarse del vehículo de dos ruedas era amigo de la familia. Como pudo más el peso de la sospecha, con ironía o desconfianza legítima (no lo sabemos), la señora indagó sobre el origen de la bicicleta mediante preguntas inquisitoriales del siguiente tenor: ¿Dónde la compraste? ¿Cuándo? Finalmente todo se aclaró y el mundo siguió girando totalmente indiferente a estas cuestiones domésticas.
Ahora bien… esto no sería más que una anécdota intrascendente si no revelara la ideología perversa que impregna el modo en que nos relacionamos con los demás. Pensemos… ¿qué habría sucedido si el “ladrón” hubiera sido un desconocido para la acusadora?, o más grave aún, si el presunto bandido encajaba dentro del estereotipo de “delincuente”. Digámoslo más crudamente: ¿quién le creería al acusado si fuese pobre, con “arito”, pelo largo o capucha?
Recordemos que los jerarcas nazis, autores de la masacre más cruenta de la historia humana, estaban prolijamente afeitados, usaban el cabello corto y sus uniformes lucían puntillosamente arreglados. Para no ser menos en la Argentina contamos con ejemplos, citemos al ex capitán de fragata Alfredo Astiz conocido como “el ángel rubio”, especialista en el secuestro, tortura y muerte de seres temibles y peligrosos como las monjas francesas, entre otras víctimas. Todo un “ejemplo” para nuestras madres, muy rubio él, con cara de “bueno”, de “buena familia”.
Nuestra primitiva sociedad se basa en prejuicios nunca reflexionados, pero sí aplicados irresponsablemente con todo rigor. ¿Por qué creerle al acusador y no al acusado? ¿Por qué el que señala con el dedo, el que denuncia, siempre queda protegido, oculto a la mirada, convertido en mero instrumento de una supuesta justicia. Nadie se pregunta: ¿Por qué alguien denuncia a otro? ¿Qué fines persigue? ¿Qué intereses, odios, resentimientos, lo mueven? ¿Será el sádico placer de ver sufrir al más pobre, al más desprotegido, al más oprimido y marginado?
Por otro lado, ¿dé donde obtienen los “criminólogos” vocacionales tantas certezas? Descubrir algo que podríamos denominar con reservas como “la verdad” es una operación intelectual muy compleja. Implica reconstruir una realidad a partir de fragmentos dispersos e insuficientes, armar un rompecabezas fallado, navegar por el océano de las dudas lejos de los puertos de la certidumbre.
Vivimos en una sociedad racista e irresponsable que ama a la policía porque materializa sus odios hacia el “otro”, el distinto. No nos confundamos, el deseo de “justicia” no es el móvil. No hay un interés genuino por la verdad y la igualdad, sino por el castigo y la espectacularidad. Nos consideramos civilizados pero no estamos muy lejos de la horda embravecida que linchaba al “reo” en la plaza. Cercanos de aquellas ejecuciones públicas donde la gente bailaba, cantaba, tomaba hasta reventar y vitoreaba los indescriptibles dolores del condenado.
¡Que vaya preso por las dudas! ¿Total que le puede pasar?... que lo violen, lo torturen y estigmaticen por el resto de su vida. ¿Quién se hace cargo? ¿Quién reflexiona y piensa: “nos equivocamos, tengamos prudencia y mesura?” Mañana estaremos linchando a otro, que será pobre, inmigrante o habrá cometido algún “pecado” similar. Nos regimos por una suerte de sistema penal “Doña Rosa”, en donde se es culpable hasta demostrar lo contrario, y para hacerlo debemos realizar grandes esfuerzos, mientras que al acusador no se demanda prueba alguna.
Finalmente querido lector, no se angustie, esto en nuestra ciudad no sucede… podremos seguir pedaleando tranquilos entre las hojas del otoño sin temor a la gayola.

El mito del “accidente de tránsito”

Cuando sucede un evento “trágico” las explicaciones son obstinadamente las mismas: “fue el destino” (que además “está escrito” en algún inaccesible sitio), “tenía que pasar”, “y bueno… que se le va a hacer”. Una serie de argumentos de similar tenor que silencian temporalmente las voces de la muerte, las cuales nos vienen a recordar insistentemente nuestra finitud. Los diálogos sobre el tema se inician frecuentemente con la frase “¿viste lo que pasó?”, y a continuación cada interlocutor le agrega una pincelada más de morbo al terrible acontecimiento. Sin embargo al día siguiente queda olvidado, sepultado bajo el maremágnum de noticias que los medios denominan con el pretencioso rótulo de “La actualidad”.
El diccionario nos recuerda una lista de palabras asociadas semánticamente al término “tragedia”, veamos… catástrofe, desastre, desgracia, infortunio, desdicha, fatalidad, siniestro, adversidad. Este pequeño inventario de conceptos pone en evidencia que las decisiones humanas no cuentan en las tragedias. Es decir, la voluntad, el albedrio, la capacidad de decisión están ausentes. Parece que alguna fuerza natural, sobrenatural o extrahumana digita los hechos, y a los hombres solo nos queda el papel de espectadores de una obra teatral escrita por un autor que nunca muestra su rostro. Nada se puede hacer, solo aceptar resignadamente el inexorable curso de la fortuna.
Detengámonos ahora en una de las expresiones de las “tragedias” que esta sociedad incluye dentro del rubro “accidentes de tránsito”. De igual manera se explican con la lógica planteada anteriormente, o a lo sumo, las causas se atribuyen a que “las rutas no están preparadas” y expresiones por el estilo, tan erosionadas por su uso acrítico, que nadie se toma el trabajo de preguntarse al menos: ¿preparadas para qué? Los “accidentólogos” vocacionales, que abundan tras estas noticias, nos dicen con convicción que en ciertos países de Europa o Estados Unidos “esto no pasa”, cerrando el diálogo con el inevitable colofón: “y viste… ¡estamos en Argentina!”.
Según las estadísticas oficiales mueren en estas pampas entre 27 y 33 personas por día, y la cifra de heridos es exponencialmente mayor (digamos de paso que el engañoso eufemismo “heridos” incluye mutilaciones y discapacidades permanentes como la cuadriplejia por ejemplo). Según el periódico Le Monde diplomatique “Todos los meses se producen en el país tres ‘Cromañón’ por siniestros de tránsito” (agosto de 2006). Es un lento “suicidio colectivo”, como lo ha denominado la Defensoría del Pueblo, que pide declarar a la Argentina en “emergencia vial”. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que mueren al año en el mundo 1,2 millones de personas y hasta 50 millones sufren heridas por choques en la vía pública. Diversos organismos internacionales dedicados a la salud han eliminado la palabra “accidente” del vocabulario vial, ya que los “accidentes no son impredecibles.” (British Medical Journal, junio de 2001).
Más allá de las estadísticas, que aportan datos valiosos a expensas de desdibujar lo humano, pensemos que esta problemática es otra arista en la que se manifiesta la desigualdad social. Frente a una colisión el más débil (el peatón o el ciclista) siempre es el más perjudicado. Nos animamos a decir que en todos los casos es una cuestión de desigualdad de poderes: si una 4x4 impacta contra un vehículo común las posibilidades de supervivencia son mayores para el conductor del primer rodado. Nunca la prensa sensacionalista publicó un titular con el siguiente contenido: “Ciclista atropella camión Scania y mata a su conductor”. Es innecesario abundar en esta línea de razonamiento por su obviedad, es tan “obvio” que nunca se cuestiona.
Entonces, si nadie pude negar que los autos matan gente a diario, ¿por qué no pensar en prohibirlos? La medida afectaría a un porcentaje mínimo de la población mundial y beneficiaría a la gran mayoría. Seguramente ante la propuesta se levantarán voces escandalizadas, principalmente de los sectores que no tienen vehículos y ¡nunca los tendrán! Otras de las tantas paradojas de nuestro mundo. ¿Es más importante la vida humana o el confort de un sector minúsculo de la humanidad? Profundicemos un poco más: la industria de los automóviles es una de las más contaminantes, a esto le podemos sumar los combustibles, la contaminación auditiva, las muertes causadas por los robos, los negocios ilegales de las autopartes, y la lista sigue. La “inseguridad” encabeza la agenda de los medios, pero cabe preguntarse ¿hay algo más “inseguro” que el tránsito? ¡Mata más personas que las guerras!
Luego de ver el problema desde esta perspectiva, ¿podemos seguir creyendo que el “destino” se “ensaña” con nosotros? Lamentablemente continuamos tapando el sol con un dedo, y lo que es peor, hay una multitud dispuesta a creer que realmente está nublado.